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¿O no che ra´a?
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| El grupo: turistas y psicólogos |
Crónicas de un Narcisista
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Perdido en el extremo norte del desierto Chileno. En medio de aquellas tierras áridas y cerros desnudos, un hermoso valle se desprende, una pequeña ciudad y exquisitas costas, hacen relucir una pequeña localidad. Aires frescos, cielo despejado, donde las mínimas y máximas no son tan extremas, la primavera se hace famosa por existir todo el año y un gran peñón de más de noventa metros se muestra señorial y solemne a las puertas del mar.
Llegué, después de estar en el extranjero, a una ciudad que se le suele llamar, según los mapas, la historia y sus habitantes, Arica. Mi Arica. Ciudad que me vio nacer y crecer y que he dejado hace cuatro años por estar fuera del país. Eso sí, cada vez que puedo y en periodos de no-estudios me escapo de retorno a descansar. Esta vez fueron dos. Dos semanas de vacaciones. Dos semanas de familia y jugo de naranja recién exprimido.
Sin embargo puedo mencionar que este julio me decepcionó el clima. Según me fue informado, no hacía tanto frío por lo que llevé poco abrigo. Hacía más frío de lo que pensaba. Pero el maravilloso sol nortino y la salvadora casaca de mi hermano lo indemnizaba.
Después de idas y venidas y vicisitudes de por medio, mañana caduca mi último día aquí. Salgo a Santiago por la noche. A decir verdad, se me hizo corto los días, pero creo que descansé lo suficiente. Dormí hasta hastiarme, comida hogareña, exquisitos y naturales jugos exprimido y/o licuados por la mañana, huevo frescos de gallina de casa, estuve con mi familia, salí de carrete con mis amigos, vi poco televisión a decir verdad, pero me actualicé de los últimos sucesos nacionales y faranduleros (y es que me relaja ver el “cahuín” de los famosos por televisión que los periodistas nos muestran cada día en sus programas, porque me gusta desconectarme de todo lo erudito y ver superficialidades en periodos de vacaciones). Si bien por tema de tiempo no hice todo lo que quise, me voy conforme. Ya disfruté. Además, con riesgo que me demande la famosa película “casa blanca” por hurtarle cada vez que puedo la tan famosa frase, modificando claramente la ubicación, puedo decir que… “siempre tendremos Arica” o por lo menos, siempre la tendré, al menos en julio y en diciembre a febrero, para renovarme y respirar aires de infancia.
En fin, mañana estoy saliendo por la noche en avión a Santiago, me quedaré unos días para comprar pasaje hasta Argentina en bus, y salir de ahí, si Dios así lo permite, a Paraguay. Y es que hemos estado planificando con mi grupo de estudio hace semanas ir al congreso internacional de psicología que se dará en Asunción. Todo punteado en la agenda.
En veinticuatro horas más estaré volando a la capital, a la gran urbe para seguir descansando en casa de un primo.
Esta última noche, gracias a Dios, cálida, entre una taza de té, la computadora de mi hermana y algo de sueño escribo las últimas líneas en la cocina y quiero publicarlo (como ven, ya está) antes de irme en el primer cyber que encuentre mañana por la mañana.
Lo mejor de todo esto, es que mañana, antes de irme, se hará un cumpleaños en esta casa y vendrá la mayor parte de mi familia. Por lo que, entre los abrazos y pedazos de pastel, tomaré mi bolso y me despediré hasta diciembre, para navidad, cuando un cuatrimestre más de estudios y trabajo que demande mis energías muestre mi estado “poca batería”, llegaré para descansar y desconectarme, pero para ese entonces, por tres meses, en mi ciudad natal que tanto quiero y me revitaliza. Más tiempo para el ocio, dirían los filósofos. Más tiempo para estar aquí. En Arica. Mi Arica. Y todo lo demás, viene por añadidura.

Han pasado tres años desde que la/lo tengo en mi lista del Messenger. De los cuales hace un año o quizás más, hemos dejado de “conversar” por chat. Se convirtió en un persona cibernética nocturna por dos años, en medio de mis desfases en el estudio por la noche. Estas “conversaciones” como muchas otras, partieron con muchas charlas, chistes y discusiones pavas. Simplemente un amigo(a) al otro lado de la pantalla, como suelo tener hoy por hoy.
Con el tiempo tuvimos un decline en la interacción, y es que por un buen tiempo me dio por no entrar mucho a la internet y menos a chatear, lo que era evidente que la mayoría con los que tenía contactos fui perdiendo un poco la calidad de la comunicación. Yo tecleaba desde Argentina y esta persona desde Chile. Empero, dejamos de chatear seguidamente con lo que finalizamos simplemente dejar de chatear. Entonces, esta persona se convirtió en un ícono amarillo más de mi no tan larga lista de conectado. Y así por ocho meses, o quizás, un año. Sin embargo, por azares de la vida, este ícono sin vida de mi polvorienta lista sin previo aviso se antro-materializó, me la encontré en una sin importancia feria de una ciudad del Perú hace unos días atrás, en dónde estaba de paseo. Al principio no lo/la reconocí, pero algo me decía que de algún lado lo/la ubicaba (por fotos de internet). Después de unos minutos, dos neuronas de mi cabeza hicieron sinapsis… era ____@hotmail.com. Me hice el boludo por un rato, nos topamos tres veces, al parecer no me reconocía, o por lo menos lo parecía. En un rato, antes de salir, la/lo encontré en una tienda de películas buscando quien sabe que estreno ver. Me acerqué con intensión de saludarlo(a) y finalmente irme. Me paré al lado, volteó la cabeza, me miró, sin reacción alguna volvió a buscar sus películas, la señora que atendía el local me pregunto qué andaba buscando, yo le dije que solo estaba mirando. Silencio. Él -o ella- (sin revelar su identidad) seguía en lo suyo, yo parado, y las señoras que atendían paradas también, pero del otro lado del mesón. Momento incómodo. Terminé estrechando la mano y saludando, mencionando su nombre, a esta persona, rogando no haberme equivocado de sujeto. Resultó ser. Me reconoció, nos saludamos con titubeos. Evidente de dos personas que sólo se conocían detrás de un teclado. No recuerdo las palabras verbales que intercambiamos, solo recuerdo que fue breve y rápido, propio de un ícono con el cual no me relacionaba hace más de año. Salí de esa feria algo tranquilo y riendo, pensando en lo loca que es la vida y de lo raro que es saludar a alguien en persona después de tener un historial de zumbidos a través de las ventanas del MSN. Pero la cosa es que ocurrió. Fue incómodo, pero simpática la situación. Y espero que sea la primera de varias más. En cuanto a los iconos, estos que a veces están disponibles, otras veces ocupados, ausentes o desconectados, estos, tarde o temprano cobran vida, respiran, se materializan en las personas que internet promociona y que ellas mismas, son partícipes. Y que por azares de la vida te lo encuentras en el lugar que menos te imaginas.

colectivo a Paraná. Pese a todos los intentos llegué tarde, había salido hace cinco minutos. El próximo era recién a las dos de la tarde… demasiado “tarde” para mí. La otra opción que me dieron era comprar un boleto para ir a un pueblo próximo –Crespo, a veinte minutos- y esperar un colectivo (bus) allá, ya que salían en todo momento. Accedí. Eran un cuarto para el mediodía cuando llegué a Crespo, con intensión de salir inmediatamente de ahí. Fui a la primera ventanilla, de tres agencias de buses, y pregunté por boletos a Paraná. Para mi desgracia salían a la misma hora que me habían dicho hace una hora atrás, "a las dos". Seguí a la segunda ventanilla. Lo mismo, a las dos y cuarto. Concluí no con mucha suerte en la tercera ventanilla, con lo que termina diciéndome: “No, acaba de salir uno, el de las once y media; y el de las doce y media hoy no sale por temporada de vacaciones, así que el próximo es a la “dos”. ¡Maldición! Qué le pasa al mundo, ¿Están todos confabulando para decirme la misma respuesta? no entendía la razón de que todos quisieran que estuviese después de las dos en Paraná, a dicha hora está todo cerrado (tenía planes para recorrer un rato por la peatonal a ver lo último). Miro la hora, “las doce”, tenía dos horas de margen hasta la siguiente salida. Qué iba a hacer dos horas en ese terminal aburrido y sin vida ¡dos horas! De haber sabido mejor me hubiese quedado en Libertador. No resignado y algo inquieto, salgo a esperar aquellos "buses fantasmas" que me mencionó aquella señora propulsora de la idea de venirme, a ver si llegaba uno y me sacaba de ahí, cualquiera, aunque tuviese tres ruedas (¿Tres ruedas?). Tenía planificado todo el día como para perder dos valiosas horas. Después de diez minutos parado y sin ningún transporte ideal en la mira me senté ya resignado en unos de los bancos a descansar, ¡ya está!
aquellas cosas que el tiempo y la rutina no la dejaba, para hablar con sus seres queridos con los que ella quería realmente hablar, ya que todos pensaban que estaba a mil pies de altura, etc., es decir, sacar algo positivo de todo eso… ¡es una cuestión de actitud! Y como tal, decidí hacer lo mismo. Bendita idea de traer mi reproductor de música con batería cargada. Después de un rato ya comenzaba a aburrirme. Saqué mi celular (mientras seguía escuchando música) y me puse a jugar con el único jueguito que poseía el aparato… la idea era no ser tan consciente del tiempo y que este, a su vez, pasara rápido mientras mi mente maquinaba la idea de irme un rato a un cyber cualquiera y cercano ó a alguna tienda con estímulos distractores, pero, tangencialmente pensaba que no era una muy buena idea ya que en cualquier momento podía llegar un bus y quedar en banda. Me quedé. En ese momento me encuentro con una amiga, oriunda de allí, que estaba por salir próximamente a la localidad en donde estudio –y vivo en épocas de estudios, que es la mayor parte del año- a rendir una materia de psicopedagogía. A esa hora ya eran las doce y cincuenta y ella salía a las una. Nos quedamos quince minutos charlando –puesto que el bus se retrasó- lo cual todo contribuía y sumaba puntos para mi entretención. Al cabo de un rato se fue. Entré a la terminal a comprarme unas “papas Lais” y un café. Volví a sentarme afuera. Entré de vuelta, esta vez, ya faltando poco para las dos, decidí comprar pasaje (graso error). Me acerqué al ventanal que daba a la llegada de los buses cuando una señora que limpiaba allí se puso a baldear la entrada; llenaba el balde con agua y detergente y lo arrojaba contra la baldosa. El correr del agua espumada y su reventar en el suelo, despertó en mi, dentro de mi ocio y mirada perdida, la imaginación de estar presenciando el oleaje del mar (todo valía, en pos de contribuir a mi entretención), cuando de pronto la señora se puso a barrer y sacar el agua con la escoba, momento en que mi fantasía disipó. Luego pasé a darme cuenta, cuando miré a mi alrededor, que éramos un grupito esperando la próxima salida a Paraná. Éramos el típico grupo de películas de terror en donde el destino o un asesino se va encargando de ir matando uno a uno: Estaba la rubia, una pareja, una madre y su hijo, uno con pinta de motoquero, el intelectual, el fashero y yo… ¿Qué rol cumplía yo en la película? No lo sé, solo sé que en momentos de ocio mi mente vuela bastante alto.
do al comprar del boleto. Efectivamente iba a Paraná. Pero pasaba por Libertador. A saber aquello, me hubiese quedado allí y no haber ido vanamente a Crespo, por ende, no haberle hecho caso a “esa señora” –sigo sublimando-.::Desde ahora escribo para ella::
::
Ya salió la edición de Junio de la revista on-line "Siente", y con ella publicado un artículo mio. Así es, desde ahora escribo para dicha revista, así que quedan cordialmente invitados a entrar, leer y comentar
Acá les dejo el link para entrar:
http://www.revistasiente.tupercepcion.com
Y acá el link para los que quieran subscribirse a la revista que les llegará de forma gratuita al correo electrónico:
http://tupercepcion.com/suscribete.htm
Atrapados en un espejismo de cuatro letras


ado en su propio espejismo y enclaustrado en aquellas y singulares cuatro paredes, todo un “mundo de felicidad” pasajera concentrada en un mismo sitio, que desaparece cuando el sol se estrena en un nuevo amanecer y la realidad cae sobre ellos con una terrible resaca. Nuestro auto ya estaba a unas cuantas cuadras del lugar.
Es un momento intenso para Emilia y Juan Pablo, han tomado la decisión de escaparse. Habían utilizado todas las herramientas posibles para permanecer juntos, mas las circunstancias se unieron para derrocar aquella remota posibilidad. Se hizo fría esa tarde, el viento andaba más imperioso que de costumbre, algunas nubes se habían oscurecido y había un plan que ejecutar. Habían acordado debajo del ciruelo a las nueve menos diez, hora en que salía la última parada del tren, sólo con lo necesario. Comenzaron a caer las primeras gotas del rocío andante, el viento estaba cargado de un dulce aroma a Eucalipto, el tiempo se agotaba, y un tren por salir. Se miraron algo confusos por todo lo que estaba pasando, y por todo lo que estaba por suceder, sólo con un objetivo en la mente: "estar juntos". Ella lo mira delicadamente, acaricia su castaño cabello a la espera de una nueva tentativa de proceder, él alude a observarla y deja escapar, entre miedos, una leve sonrisa, señal de terminar lo que sus cabezas habían empezado hace días, ella sin más lo abraza y él le responde cobijándola con la seguridad de sus brazos. Fue la unión más intensa de sus vidas, por alguna razón desconocida no querían separarse, era un momento perfecto, ese abrazo, que simbolizaba todo para ellos era lo cálido que los apartaba del frío del ambiente, el frío de los hechos, el frío de sus miedos. Fueron uno. Sus inseguridades personales, por aquel momento se convirtieron en certezas puras. Los segundos se hicieron eternos, pero pronto lo eterno sería en lapsos de segundos. Ella se aparta, lo mira, se pierde en su rostro, le devuelve su sonrisa y corre por sus cosas. Él la ve moviéndose a la distancia, empequeñeciéndose a medida que avanza, ya era cuestión de minutos y una pesadilla por darla acabada. No tenía de quien despedirse. Dejó una carta en el lecho de aquella singular cama, era hora de empezar una vida nueva. Antes de irse, una perceptible gota reventó en su mejilla derecha, alzó la mirada, el cielo se estaba oscureciendo. Salió a tomar su pasaje de tren. Ella, ilusionada e insegura, abre la puerta agitadamente, sube por las escaleras, entra en su cuarto y comienza a recoger sus pertenencias. De pronto y de forma inesperada, visualiza sobre su cama... una carta, un sobre blanco con las iniciales de J.P. y una palabra en mayúscula y bien sobresaliente de "Adiós". Sus ropas cayeron y una postura rígida la inundó vertiginosamente. Titubeante, se acercó abrirla y a leer su contenido, debía hacerlo rápidamente ya que era cuestión de minutos antes la partida del tren. Comenzó a llover. Un inesperado giro del destino la dejó tambaleante. En sus letras manuscritas y mal redactadas, se estaba despidiendo de ella, el mismo, que hace un instante, le abrazaba fuertemente a las afueras. Le explicaba que era lo mejor para ella, que debía continuar con su vida y con el hombre con el que había decidido formar una familia. No le podía ofrecer nada más que su amor, y era ese amor el que lo impulsaba racionalmente y de forma paradojal a querer lo mejor para su vida. Confundida y a sollantos, se paró enfurecida "Quién se creía para decidir por ella" pensaba mientras dejaba todo como estaba. La lluvia se acrecentaba, comenzó a entrar agua dentro de la casa; buscó su sobretodo y el paraguas decidida a encarar. Salió enfadada de su habitación, bajando por las resbaladizas escaleras. Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, él tenía todo listo, un saco, una minúscula maleta y el último cigarro antes de partir, era hora de entonar un nuevo rumbo, solo. Votó la colilla vacía, subió al tren, acomodó su valija, y se sentó a contemplar la ventanilla, mientras las gotas sucumbían contra el vidrio. Los minutos pasaban y una corazonada envolvía a Pablo. Los niños corrían por los pasillos, las señoras se acomodaban en sus asientos y los pañuelos se alzaban a las afuera en señal de despedida para varias personas. Un deseo imperioso de verla transitó en su mente, "Quién era él para decidir por ella", mientras el tren comenzaba a cerrar compuertas y encender motores. Comenzó a impacientarse, de pronto sintió que todo era un gran error y que todavía había tiempo de remediar las cosas, sus piernas comenzaron a moverse con ansias y estereotipadamente. A las afuera de su ventanilla apareció, entre la muchedumbre, la imagen de Emilia, él detiene su pierna y una gran sonrisa se dibujó en su boca. Se levanta para verla bien, no obstante, esa imagen se pierde por la presencia de otra mujer parecida a ella, cae en su asiento, inconsciente que el tren ya había comenzado marcha. Recuperando su orientación, percatándose de la realidad y en un intento desesperado de retroceder todo, quiso parar la máquina e ir a buscarla... total, existía otra salida a media noche. Era el momento de remediar su gran error y anular la culpa. Detiene la maquinaria. Cruza la ciudad, la noche, las calles, el frío, la lluvia, recorriendo por una excitación pavorosa. Llega a casa de Emilia, rogando que aún siguiera allí. Se prepara para la peor discusión, enojo y mejor reconciliación de su vida. Entra a la casa, y la escena más horrible ocurrida estaba presente delante de sus ojos. Emilia está tirada en el suelo a orillas de las escaleras, desmoronada y sin la menor intensión de moverse. Un paraguas a centímetros de su cuerpo y la formación de un charco de agua conglomerándose alrededor de ella. Corre a tomarla, sacudirla, abrazarla, a despertarla… a “despertarla” y descubre la gran pérdida de su vida. Dándose cuenta que qué no tenía aliento ni palpitaciones, y una carta aun sujeta entre sus manos se derrumba en un llanto angustioso. A las afuera el cielo se destrozaba a truenos, adentro, el gritaba enfurecido. A las afuera el cielo mojaba la tierra, adentro, él la mojaba entre sus lágrimas. Parecía que sus emociones, de alguna manera extraña, se externalizaban y se proyectaban al ambiente, lo hicieron en el mismo instante en que él se despedía de ella, en el mismo instante en que le abrazó, en el mismo instante en que la dejó irse. La vuelve abrazar, le habla en susurros, ella no responde, sus abrazos eran vanos, ahora solo brotaban el mismo frío que inundaba afuera. Quiere retroceder el tiempo, irse a ese abrazo tan intenso de unas horas atrás, ese abrazo antes de la lluvia, ese abrazo tan sincero del que nunca
debió aflojar.

Una de ellas de melancólica mirada
ha dejado velas a su andar
velas encendidas
que el agua no ha podido apagar.
Quiere dejar señales
quiere quemar el mar
quiere cruzar el horizonte
quiere nadar y no pensar.
Está cansada, está agotada.
Ha disipado su creatividad,
esa creatividad que proyecta en otros
no la puede hallar.
La pobre
ha perdido su identidad.
Se ha sentado en una roca. Escucha las melodías en el mar, escucha a un pobre vagabundo quejándose de su largo transitar. Ha perdido todo, esposa, dinero, y la felicidad, ahora vagabundea por las calles en búsqueda de... quién sabe qué cosa quiere hallar. Quiere dejar atrás su soledad, quiere dejar atrás su ansiedad. Ella lo mira y le quiere hablar, más él la ignora como una sombra más. Ella danza para él, y lo distrae de su andar; quiere complacerlo, quiere inspirarlo además... quiere ayudarlo a encontrar su espontaneidad. Él mira al mar... saca un lápiz y una hoja arrugada de tanto guardar, y escribe una carta a su esposa, a quien no ha podido por años mirar. Escribe y saca lo que ya no pudo más ocultar, escribe para disculparse, lo que el vicio y la noche lo sedujo en alguna oportunidad. Han caído lágrimas, ha derramado pena de tanto aguantar, ahora sus suspiros son de anhelos y bienestar. El viejo infame regresa por donde vino, perdiéndose de vuelta en la enorme cuidad... quién sabe si alguna vez, tenga una segunda oportunidad.
Se escuchan las olas golpeando las rocosas superficies de la costa, las idas y vuelta del mar, las sirenas se han sumergido en busca de tesoros y joyas para complacer su vanidad, mas la musa se detiene, se contempla, sonríe, pues ya ha encontrado su identidad, y en un despertar de amanecer, su alma se pierde en el enorme caudal.
Por eso señores, cuidad de lo que es nuestro. Nuestras aguas, nuestras brisas, nuestro mar, para que las musas se inspiren e inspiren a los demás. No rompamos este círculo vicioso que de alguna forma todos vamos a ganar.
Mi musa ha parado de danzar.
Ya han pasado una semana desde que me encuentro en Arrecifes, gracias a la invitación de mi amigo y compañero de carrera Gustavo. Mientras escribo esto, en la cocina familiar, día nueve de julio a las 18:20 pm., me encuentro bebiendo una taza de café recién comprada en el supermercado, al lado de la hermana de Gus que hace su tarea y el padre, cocinando un par de milanesas. No he escrito nada en este sitio desde ya hace un buen tiempo, y desde mano aprovecho a saludar y agradecer a todas las visitas que hacen en esta humilde y egocéntrica página desde varias partes del mundo.
Este afiche fue preparado para la primera fecha establecida, pero por razones nacionales (Gripe porcina) se aplaza para una semana más.
y el instinto en aquel indiviso bosque, que lamentosamente y de forma bestial, la mujer no salió airosa para contarlo. Sólo quedaron impregnados en su rastros aullidos. Aullidos decisivos. De los que nunca, en su vida, debió escuchar."Las personas siempre achacan la culpa de lo que son a las circunstancias. Yo no creo en las circunstancias. Los que salen adelante en este mundo son personas no conformistas, que buscan las circunstancias que ellos desean, y cuando no las encuentran, las crean."
::BERNARD SHAW::
[Razonamiento de hace un tiempo]
::Esquema mental, luego de una breve instrospección::
Si tienes algún razonamiento significativo asociado a un sentimiento no lo cuentes, no lo digas, no gastes enegías hasta que no lo hayas comprendido del todo y no estés totalmente integrado a ella. Y cuando esa parte tuya haya sido asimilada y acomodada a tus esquemas mentales como una "creencia significativa", es ahí recién cuando lo puedes transmitir a otros. De lo contrario, toda esa "energía" que te llevó formularla, lo gastarás en el decir, en ese gasto de aliento; y como consecuencia, perderá fuerza y perderás un valioso argumento a futuro.
:: Concebir, meditar e incorporar::
:Luego, transmitir:

para siempre mientras tenga vida y no sufra ninguna degeneración senil importante, en aquel rinconcito de la mente que se encuentra conectado con el corazón para el resto de mis tiempos. ¿Te parece si hacemos un breve (valga la redundancia) Flashback? Si no te importa, acá va: “Quiero aquellas tardes de ocio y risa a tu lado, esas en donde hablábamos pavadas y estupideces sin sentido. Quiero volverte a escuchar hablar (Aunque me cargaba) de tus tan relucientes y admirables actores, esos que te fascinaban, aquellos que te quitaban el sueño, como también volver a oírte hablar de la serie "Lost" y de sus –según tú- geniales capítulos, de "Coldplay", de tu horrible rottweiler, jajaja, broma, de la injusticias y caza contra las ballenas, de tu racismo en contra los chinos, de tus fantasías -no eróticas - sobre la vida, sobre el futuro, de tu sueño de ser actriz de Hollywood de la mano con Josh Holloway y a su vez, ser una exitosa veterinaria o científica, de poder sentir tu personalidad egocéntrica, excéntrica y narcisista y tus constantes megalomanías, de mirarte al espejo y sonreír cuando contemplabas tu rubio cabello, cuando yo te molestaba diciendo que estaba más oscuro que antes y tu buscabas el sol para decir, No! mira, está rubio, y te enojabas con una sutil sonrisa. Sobre aquellas veces donde nos juntamos a ver una mala película e ir a comprar porquerías al supermercado... De nuestros constantes delirios de estar dentro de escenarios ficticios, como aquel Reality Show en donde tú
interpretabas a la “perra estratega y manipuladora”, mientras yo decía que llegaría a la final, eras y eres mi complemento egocéntrico, aquella cualidad que partió
como un papel de actuación y que luego se nos salió de las manos, que se me salió de las manos. De planear tonterías de momentos, como aquella oportunidad cuando pasábamos por la universidad y nos dio por meternos y salir junto a otros dos estudiantes de física, a las sigas, hablando como “universitarios” creyéndonos el cuento, pero que nadie pagaba ni un peso por eso. De tu esencia de Evanescence que asocié a tu persona; las noches de campamentos y piscinas con los amigos, las conversaciones en clases, y las charlas que no revelaré acá. De tantas otras cosas que hacíamos junto, de imitar a los profesores, burlarnos y reírnos de las "aberraciones genéticas", de tocar el timbre y salir corriendo, jajaja, eso nunca lo hicimos, y de tantas otras cosas absurdas pero divertidas en aquellas épocas nortinas e inmaduras...”
Esto que voy a narrar aconteció un dia como hoy, pero tan lejano como ayer. No se debe a ninguna maldición de los dioses, ni a un fatal accidente de laboratorio. Simplemente sucedió. No sé cómo, ni cuándo, pero frente a excitaciones fuertes, mi nivel de cortisol en la sangre comienza a aumentar y mis latidos acelerar. Aquel órgano tan añorado, renombrado por poetas y antiguos compositores del mundo, paulatinamente se convierte en un corazón de cristal, y mis latidos, consecuencia de las mismas, en sonidos lamentosos de un ser puro y pasional.
El cielo estaba despejado como cualquier otro día y como resultado, se podía apreciar cómo ínfimos pero majestuosos rayos del sol caían por encima de toda forma sobre la tierra, amplificando los colores y hermosura de las cosas. Miro las cosas, miro las nubes, miro el todo. Decidí dar un paseo.
Camino entre los cedros del Líbano, por las montañas del Tíbet, por los rincones de Nepal. Todo
al parecer solía señalar una caminata tranquila. Pausada. Todo, con excepción de aquella horrorizada situación a unos metros de mí. Es Valentina, y no está sola, está con Emilio, el distinguido y renombrado archiduque de Venecia. Ambos de la mano recogiendo amapolas y riendo de lo loco. ¡Es extraño! No debería molestarme, pues ya hemos roto hace ocho meses. Cada uno escogió caminar por rumbos distintos; no obstante, aquella escena removió algunas cajas en mi Ser.
Mis latidos aumentaron, mi rabia y mis percepciones más remotas. Volvieron los replanteamientos, las autoreflexiones, y no llegaba a ninguna parte. Me detuve, pues sabía lo que me esperaba. Respiro, y continúo haciéndolo. Me calmo, o por lo menos, trato de hacerlo. Miro el horizonte. Comenzaron aquellas viejas y recónditas puntadas en mi pectoral izquierdo, sensaciones de dagas en el corazón, que iniciaban su fatal alteración, puesto que sin duda, comenzaba su transformación.
Subo por cerros y montañas, por praderas y colinas, desde los picos del Everest hasta las cumbres del Himalaya, allí, sentado debajo de una roca, mirando el mundo entre espesas nieblas y densas agitación. Solo lograba complicar mis ideas y mi imaginación. Tiritando de frío, titubeando de pudor. Las altas presiones comienzan a ejercer contracción en mí. Aún siento latir sangre caliente, pero será cosa de minutos que la transformación haya finalizado.
Despierto en las orillas de un arroyo al interior de un denso y verdoso follaje. Me levanto, miro mis heridas, miro mis harapos,
miro hacia atrás. Quiero llorar. La imagen de Valentina viene a mí una y otra vez junto al infame de Emilio. ¡Qué más da! No hay nadie mirándome, salvo aquella roca tapada en musgos frente a mí. Lloro. Mis lagrimas se confunden entre aguas de arrollo y mi llanto se mimetiza entre sonidos de cascadas. Soy un caos. Ahí me quedo algunos minutos, horas, rotaciones y traslaciones… finalizando quién sabe cúantas estaciones.
Mis latidos aumentan crecientemente mientras caminaba por el sendero de las rocas, piedras incrustadas en el talón, desvanecían el dolor en mi interior, salvo las constantes resonancias coronarias que agitaban mi andar y mi razón. Todo es confuso, inesperado. No sé para donde me dirijo, tal vez hacia mi propia muerte, o quizás a mi nueva vida (junto a otra valentina), ó, a una vida cíclica sin término de ruta. Y sin darme cuenta, llego a una pradera de robles, con cálidas brisas de occidente, con un olor inconfundible a menta y una inmensa laguna a la distancia sobrepoblada de todo tipo de aves. Es fantástico, mágico o tal vez utópico. Una paz asombrosa rodeaba mi alma y la visión de valentina se pierdía a lo lejos. Aquella bella obra del Señor me dejó atónito de tanto amor e inspiración. Todo era perfecto. No sabía dónde me encontraba, pero sí sabía que donde fuese, estaba lejos de todo lo malo e impuro de este mundo, no había contaminación, no había alteración, no había violencia, no había maldad ni emociones dañinas, solo "paz". Solo eso.
Sin embargo, como consecuencia de aquel dolor impregnante que traía a tiempo, mis latidos se solidificaron, se cristalizaron. El esperado, pero no añorado proceso finalizó su misión. Y en una bola de cristal su forma acabó. Pensé que al encontrar esta "tranquilidad" después de mucho 
tiempo de viaje y dolor, se revertiría la sucesión... Pero no fue así.
La trágica obra de mi vida, mi supuesta y triste representación, su guión a la última hoja llegó. Ya no siento nada, ni frio, ni hambre, ni amor. El odio, la rabia y la pena de pronto acabó. Me he convertido en un monstruo, en un insensible, en un infeliz, si es que puedo definir la palabra. No siento nada. Me han arrebatado mis sentidos, y ni siquiera puedo sentir algún tipo de rencor por ello. No puedo detestar a Valentina ni maldecir a Emilio, pero sobretodo, no puedo enojarme conmigo mismo, por permitirme sufrir, por algo natural de la vida. Me han, me he arrebatado todo, hasta esa efímera paz y tranquilidad que obtuve "rentada"; se me deshizo como agua por los dedos, dejando solo un vacio. Un largo y oscuro vacio.
Me recuesto en el pasto. Descanso. Me dejo llevar por aromas y fragancias. Aún me queda algo de fuerza y oxígeno por respirar. (Aunque tenga que hacer un esfuerzo sobrehumano). Extiendo mis extremidades, para sentir el pasto cálido en mi piel, miro al cielo, para ver lo inmenso que es el mundo. Mis pupilas han quedado fijas, mis parpados sin movimiento y mi mirada sin expresión. Percibo una amapola a mi costado, la arranco, la miro fríamente, la huelo, y la pongo
en mi pecho. Valentina se recuesta a mi lado, me abraza y apoya su cabeza en mi pecho. Volvieron algunas emociones, volvieron viejos recuerdos, volvieron del pasado, volvieron al futuro; aterrizo. Me percato del presente, y valentina ya no está más. Sólo me ha dejado aquella marchitada flor en el pecho. Pecho, que de apoco se va trizando, que de a poco va dejando de sentir, que de a poco va dejando de latir…
Miro al cielo, miro mi vida y ya no miro más nada.
Solo ha quedado una roca, cuyos latidos han quedado petrificados en esta historia de mi vida.
"Pon palabras al dolor, la pena que se caya, se guarda en el corazón hasta quemarlo" ( SHAKESPEARE )