martes, 13 de julio de 2010

Un día de M…“urphy”

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"Transcripción" de aquella tarde en un bus
Eran las diez y cuarto cuando sonó, o por lo menos oí, el despertador. Estaba atrasado. Sólo tenía quince minutos a las corridas para hacer todo y llegar antes que saliera el colectivo a Paraná. Pese a todos los intentos llegué tarde, había salido hace cinco minutos. El próximo era recién a las dos de la tarde… demasiado “tarde” para mí. La otra opción que me dieron era comprar un boleto para ir a un pueblo próximo –Crespo, a veinte minutos- y esperar un colectivo (bus) allá, ya que salían en todo momento. Accedí. Eran un cuarto para el mediodía cuando llegué a Crespo, con intensión de salir inmediatamente de ahí. Fui a la primera ventanilla, de tres agencias de buses, y pregunté por boletos a Paraná. Para mi desgracia salían a la misma hora que me habían dicho hace una hora atrás, "a las dos". Seguí a la segunda ventanilla. Lo mismo, a las dos y cuarto. Concluí no con mucha suerte en la tercera ventanilla, con lo que termina diciéndome: “No, acaba de salir uno, el de las once y media; y el de las doce y media hoy no sale por temporada de vacaciones, así que el próximo es a la “dos”. ¡Maldición! Qué le pasa al mundo, ¿Están todos confabulando para decirme la misma respuesta? no entendía la razón de que todos quisieran que estuviese después de las dos en Paraná, a dicha hora está todo cerrado (tenía planes para recorrer un rato por la peatonal a ver lo último). Miro la hora, “las doce”, tenía dos horas de margen hasta la siguiente salida. Qué iba a hacer dos horas en ese terminal aburrido y sin vida ¡dos horas! De haber sabido mejor me hubiese quedado en Libertador. No resignado y algo inquieto, salgo a esperar aquellos "buses fantasmas" que me mencionó aquella señora propulsora de la idea de venirme, a ver si llegaba uno y me sacaba de ahí, cualquiera, aunque tuviese tres ruedas (¿Tres ruedas?). Tenía planificado todo el día como para perder dos valiosas horas. Después de diez minutos parado y sin ningún transporte ideal en la mira me senté ya resignado en unos de los bancos a descansar, ¡ya está!
Hacía un sol increíble, pero un frío de cagarse. Sospeché del clima así, por lo que salí relativamente abrigado. Sin embargo, mis vaqueros estaban desprovistos de protección, absorbían el frío monstruosamente.
Hace unos días, vi en Youtube una charla, que eventualmente descargué, sobre una psicóloga que contaba, como anécdota, que estuvo cuatro horas esperando en el aeropuerto porque su avión se había retrasado. Algunos, pasajeros también del vuelo, puteaban a la mujer que atendía en la aerolinea, otros se ponían a fumar de las ansias, otros murmuraban en silencio el mal servicio, y otros se comían cuantas cosas veían y pedían en los restaurantes. Sentada, se encontraba observando la conducta de cada uno de ellos. La cuestión es que ella hace reflexionar sobre una cosa. Objetivamente estaba pasando -a tiempo reloj- un retraso, y frente a ello uno podía tomar dos caminos -o actitudes-: (en caso de su situación) amargarse o aprovechar esas cuatros horas para estar consigo misma, para pensar en aquellas cosas que el tiempo y la rutina no la dejaba, para hablar con sus seres queridos con los que ella quería realmente hablar, ya que todos pensaban que estaba a mil pies de altura, etc., es decir, sacar algo positivo de todo eso… ¡es una cuestión de actitud! Y como tal, decidí hacer lo mismo. Bendita idea de traer mi reproductor de música con batería cargada. Después de un rato ya comenzaba a aburrirme. Saqué mi celular (mientras seguía escuchando música) y me puse a jugar con el único jueguito que poseía el aparato… la idea era no ser tan consciente del tiempo y que este, a su vez, pasara rápido mientras mi mente maquinaba la idea de irme un rato a un cyber cualquiera y cercano ó a alguna tienda con estímulos distractores, pero, tangencialmente pensaba que no era una muy buena idea ya que en cualquier momento podía llegar un bus y quedar en banda. Me quedé. En ese momento me encuentro con una amiga, oriunda de allí, que estaba por salir próximamente a la localidad en donde estudio –y vivo en épocas de estudios, que es la mayor parte del año- a rendir una materia de psicopedagogía. A esa hora ya eran las doce y cincuenta y ella salía a las una. Nos quedamos quince minutos charlando –puesto que el bus se retrasó- lo cual todo contribuía y sumaba puntos para mi entretención. Al cabo de un rato se fue. Entré a la terminal a comprarme unas “papas Lais” y un café. Volví a sentarme afuera. Entré de vuelta, esta vez, ya faltando poco para las dos, decidí comprar pasaje (graso error). Me acerqué al ventanal que daba a la llegada de los buses cuando una señora que limpiaba allí se puso a baldear la entrada; llenaba el balde con agua y detergente y lo arrojaba contra la baldosa. El correr del agua espumada y su reventar en el suelo, despertó en mi, dentro de mi ocio y mirada perdida, la imaginación de estar presenciando el oleaje del mar (todo valía, en pos de contribuir a mi entretención), cuando de pronto la señora se puso a barrer y sacar el agua con la escoba, momento en que mi fantasía disipó. Luego pasé a darme cuenta, cuando miré a mi alrededor, que éramos un grupito esperando la próxima salida a Paraná. Éramos el típico grupo de películas de terror en donde el destino o un asesino se va encargando de ir matando uno a uno: Estaba la rubia, una pareja, una madre y su hijo, uno con pinta de motoquero, el intelectual, el fashero y yo… ¿Qué rol cumplía yo en la película? No lo sé, solo sé que en momentos de ocio mi mente vuela bastante alto.
Llegó un colectivo, miré la hora, faltaban aproximadamente veinte minutos para la hora propuesta por todo el mundo, y tenía la misma pinta del logo de la agencia donde compré los pasajes. Pensé que por fin algo bueno dentro de todo... el colectivo había llegado antes de lo pensado. Salí para que viera mi boleto el chofer… no, no era ese. Ahora, no solo la señora, las agencias, sino también aquel chofer me aclaró que aquel boleto correspondía a la hora apocalíptica, las dos. ¡Maldición! Fui a la agencia para que me cambiaran el boleto, pero para mi consumo de tiempo, ya estaban agotados. ¡Qué báh! Ya faltaban veinte minutos para salir. Si había esperado una hora y cuarenta, podía esperar el resto como para calentarme la cabeza… ¡Actitud! ¡Actitud! Pensaba, aún me encontraba estable. Fueron allí donde me surgieron las ganas de escribir, de escribir sobre esto. Pero, como no es usual, salí sin mi libreta de notas.
Según el psicoanálisis, lo que estaba pasando en ese momento era que estaba reprimiendo toda la hostilidad situacional e intentando subliminar en las letras (la teoría dice que todo eso pasa a nivel inconsciente, pero dejémoslo ahí).
Llegó finalmente la hora esperada y junto con esta, puntualmente el bus. Sí, ese era el correcto y se iba a Paraná. Metí mi mano en el bolsillo donde puse el boleto y para mi mala racha no estaba, lo había perdido y no lo encontré más… (Es chiste señores, un poco de emoción no viene mal), sí estaba allí, reluciente y arrugado, lo mostré, me subí y me senté en esos asientos con tantas ganas sin intención de sacarme los lentes ni los auriculares. Mi mente programó los restantes cuarenta minutos para relajarme y escuchar música. Cerré mis ojos por un rato mientras pensaba (ojo, en este caso cosas más reales) mientras la máquina avanzaba. Cuando los abro me doy cuenta de que me estaba devolviendo para Libertador. Me quería matar, al diablo con la “actitud”, no podía creer que me estaba devolviendo después de dos horas al pedo. Pregunté si el colectivo este iba realmente a Paraná o si me había equivocado al comprar del boleto. Efectivamente iba a Paraná. Pero pasaba por Libertador. A saber aquello, me hubiese quedado allí y no haber ido vanamente a Crespo, por ende, no haberle hecho caso a “esa señora” –sigo sublimando-.
De la bronca –ya no reprimida- y sabiendo que tenía una hora más de viaje y hastiado de la música, saqué un portaminas que traía conmigo y saqué el libro –que supuestamente estaba destinado a leerse- y en su márgenes en blanco me puse a escribir. ¡Ya está! Tenía ganas y necesitaba descargar. En estos momentos estoy escribiendo, entre el tumulto de gente. Ya ha pasado un rato, me encuentro a unos minutos –al fin- de llegar a Paraná. Está bien, después de todo llegué sano y salvo. Siendo próximo a las tres y media de tarde llegué. Estoy por bajar en la terminal, que por lo menos tiene un poco más onda que el anterior. Después del día de m… “Murphy” que tuve, al fin llegué. Ahora lo que suceda desde que me baje del colectivo, esa, ya es otra historia. Qué quizás, sea narrada.

1 comentario:

MATEO RAMIREZ dijo...

sos mi heroe como escribes en el trayecto?
y esos dias de mala racha son de los q finalmente uno termina mas agradecido....

porq no se repiten mucho

Y Q PUTO TRASPORTE EL DE TU PAIS!