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| Desayuno, sábado 7:30 am. |
“Veintidós años no se cumplen todos los días”, dirían por ahí. Por eso la manera en celebrarlo siempre es distinta. Este año tocó desayuno al aire libre.
Yo dormía plácidamente esperando celebrar ese sábado por la noche. El despertador no había sonado y alguien de pie me despertaba. Yo, evidentemente, siete de la mañana (y después de haber trasnochado) me encontraba medio aturdido. No entendía nada, mas tenía una leve sospecha de lo que se podría aproximar. El día anterior me llegó una nota casera de cuaderno con un dibujo de reloj y unas palabras características que decía: “cuenta regresiva”. Como acá tenemos la costumbre de hacerle al otro un festejo (o por lo menos en mi circulo privado), y recordando el festejo anterior con todo un personal creativo detrás, imaginé que debían estar "craneando"
Estaba parado al lado de mi cama, con una tarjeta elaborada y con una frase -más o menos recordada- como “Feliz cumpleaños, tu día ha comenzado… levantate (no hay tildes porque es acento Argentino) y ponete algo rápido que te tenemos una sorpresa” (Cualquier distorsión de la realidad, es mera culpa de un recuerdo frágil a causa de una madrugada vigente). Me levanté, atiné a ponerme algo cómodo, me lavé la cara para disimular mis sabanas marcadas y me puse una gorra, porque no había tiempo para peinarse.
Salimos rumbo al campus. Allí, entre pastos, cerca de la biblioteca, estaban ellas, con un mantel al suelo, una torta, sabrosos dulces, tostadas, quesillo, jugo de naranja exprimido (saben que me encanta por la mañana). Al aproximarme, me cantaron “las mañanitas” modificado al momento. Pasamos a las fotos, fotos, fotos… era lo que menos quería, mi cara no estaba apta para ser plasmado en digital, pero bueno, en honor a la situación, todo siguió su curso. Nos sentamos, comimos, disfrutamos. Al lado mío había un periódico del “Clarín” (todo lo que estaba sobre el mantel estaba adaptado a mis gustos, reales y ficticios, y como ellos me conocían bien y habían hecho un estudio sobre mi persona, el periódico no podía ser desapercibido. Mi primer pensamiento fue, "ellos saben que se me dio por un tiempo corto comparar el diario los domingos, debe ser por eso", hasta que lo abrí)
Aquel día quedará plasmado en mis vivencias de vida. Quedará plasmado en este blog. Que de paso, aprovecho de hacer un post, que de ingrato lo he tenido abandonado.












colectivo a Paraná. Pese a todos los intentos llegué tarde, había salido hace cinco minutos. El próximo era recién a las dos de la tarde… demasiado “tarde” para mí. La otra opción que me dieron era comprar un boleto para ir a un pueblo próximo –Crespo, a veinte minutos- y esperar un colectivo (bus) allá, ya que salían en todo momento. Accedí. Eran un cuarto para el mediodía cuando llegué a Crespo, con intensión de salir inmediatamente de ahí. Fui a la primera ventanilla, de tres agencias de buses, y pregunté por boletos a Paraná. Para mi desgracia salían a la misma hora que me habían dicho hace una hora atrás, "a las dos". Seguí a la segunda ventanilla. Lo mismo, a las dos y cuarto. Concluí no con mucha suerte en la tercera ventanilla, con lo que termina diciéndome: “No, acaba de salir uno, el de las once y media; y el de las doce y media hoy no sale por temporada de vacaciones, así que el próximo es a la “dos”. ¡Maldición! Qué le pasa al mundo, ¿Están todos confabulando para decirme la misma respuesta? no entendía la razón de que todos quisieran que estuviese después de las dos en Paraná, a dicha hora está todo cerrado (tenía planes para recorrer un rato por la peatonal a ver lo último). Miro la hora, “las doce”, tenía dos horas de margen hasta la siguiente salida. Qué iba a hacer dos horas en ese terminal aburrido y sin vida ¡dos horas! De haber sabido mejor me hubiese quedado en Libertador. No resignado y algo inquieto, salgo a esperar aquellos "buses fantasmas" que me mencionó aquella señora propulsora de la idea de venirme, a ver si llegaba uno y me sacaba de ahí, cualquiera, aunque tuviese tres ruedas (¿Tres ruedas?). Tenía planificado todo el día como para perder dos valiosas horas. Después de diez minutos parado y sin ningún transporte ideal en la mira me senté ya resignado en unos de los bancos a descansar, ¡ya está!













y el instinto en aquel indiviso bosque, que lamentosamente y de forma bestial, la mujer no salió airosa para contarlo. Sólo quedaron impregnados en su rastros aullidos. Aullidos decisivos. De los que nunca, en su vida, debió escuchar.




